Este proyecto conectará el gas natural noruego con el mercado energético de Polonia y Dinamarca, y está previsto que esté operativo en 2022

Publicat originalment a La Marea Climática

En medio del mar Báltico, una excavadora perfora el fondo marino y levanta arena y barro para construir un nuevo gasoducto. Este proyecto, conocido como Baltic Pipe, cuenta con el apoyo político y financiero de la Unión Europea, y costará 215 millones de euros. La nueva infraestructura de gas fósil conectará Noruega con el mercado energético de Dinamarca y de Polonia, y su inauguración está prevista para 2022. “Su construcción hará que sea casi imposible cumplir con los objetivos climáticos”, apunta Jacob Sørensen, investigador de la organización ambiental NOAH. A pesar de ello, el Baltic Pipe fue aprobado en 2019, el mismo año que en virtud del Acuerdo de París, la UE determinó reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en al menos un 40% para 2030, y se comprometió con la neutralidad climática para 2050.

“El gasoducto entra en contradicción directa con la transición energética”, advierte Sørensen. Y es que según el informe publicado por la Comisión Europea, el Baltic Pipe tiene previsto transportar gas por, al menos, los próximos 15 años. “Aunque la UE acordó un camino hacia una producción de energía más respetuosa con el clima, con la construcción del gasoducto van en la dirección opuesta”, explica el investigador, que apunta que las instituciones públicas, al invertir dinero en combustibles fósiles, dan a entender que la energía renovable no es necesaria. “Los inversores privados y las empresas internacionales no creen en el éxito de la UE para cumplir con los objetivos climáticos”, asume.

Aunque en Bruselas no se escucha el ruido de las máquinas excavando en el suelo marino, algunos activistas se están organizando para concienciar sobre la contradicción del proyecto con el compromiso de frenar el cambio climático. En la plaza Gammeltorv de Copenhague, un grupo de activistas grita consignas contra el Baltic Pipe. Katherine Andersen, una joven danesa, forma parte de la campaña Baltic Pipe Nej Tak (Baltic Pipe, no gracias), una plataforma independiente que aglutina las diferentes voces en contra de la construcción del gasoducto.

“Algunos políticos ya lo dijeron, no es un secreto que el Baltic Pipe es un juego geopolítico. La UE quiere abastecerse de energía en lugar de obtenerla de Rusia”, dice Katherine. Y es que, según los activistas, esta es una de las principales razones por las cuales se está construyendo el gasoducto. Tal como apuntan algunas organizaciones por la justicia climática, como Extinction Rebellion, es en el marco del Pacto Verde Europeo donde se contempla la necesidad de conectar regiones actualmente aisladas con los mercados energéticos europeos. Sin embargo, según Katherine, este proyecto no va a beneficiar a nadie. “El gas no es una industria en crecimiento. La construcción de un nuevo gasoducto significa que seguiremos usando combustibles fósiles”, apunta. “Y estamos ante una emergencia climática”.

Además, Bruselas calificó el Baltic Pipe como un Proyecto de Interés Común (PIC), y este es un motivo por el cual la estrategia del Banco Europeo de Inversiones sufrió cambios de última hora. El lobby de gas natural consiguió que los proyectos de gas sigan siendo posibles a partir de este 2021 si su producción se basa en las ‘nuevas tecnologías’ como la captura y almacenamiento de CO2, la combinación de generación de calor y energía, o la mezcla de gases renovables con el gas natural fósil. Algo que, tal como apunta Katherine, “no cambia nada”.

Otro argumento que sostiene la construcción del Baltic Pipe es la creencia de que Polonia podría reducir sus emisiones de CO2. Las empresas constructoras, la danesa Energinet y la polaca GAZ-SYSTEM S.A., defienden que el nuevo gasoducto permitirá cerrar las plantas nacionales de carbón y sustituirlas por gas natural, una energía fósil con una emisión menor. Sin embargo, según Sørensen, “a largo plazo, esto causará mucha más contaminación”. En lugar de transitar hacia los recursos verdes, el investigador ve el Baltic Pipe como un riesgo de crear una dependencia de los recursos fósiles en las próximas décadas. «Este gasoducto cierra las puertas a la verdadera transición ecológica«, de la misma manera que “sienta el precedente de que los acuerdos no se cumplirán tal como están estipulados”, explica.

Para Baltic Pipe Nej Tak, igual que para NOAH y para el resto de organizaciones medioambientales, la construcción del gasoducto es una señal de que la sociedad va en la dirección opuesta, y que se aleja de los objetivos climáticos marcados por la UE. «Seguiremos luchando contra el uso de recursos fósiles, y esperamos que más gente lo haga», explica Katherine, mientras dobla las pancartas de protesta.

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